
Después de muchas semanas leyendo pequeños fragmentos, finalmente he acabado de leer uno de mis muchos libros pendientes, “No Logo” de Naomi Klein. Aunque parece que fue ayer, lo compré en Londres, ni más ni menos que en abril de 2002. Ha pasado tanto tiempo que, al leerlo, me ha parecido más leer un minitratado de historia del efímero movimiento antiglobalización que una llamada a la revuelta. Porque leer sobre las campañas contra el trabajo infantil de Nike o la lucha por evitar que Shell hundiese la plataforma petrolífera Brent Spar en el Mar del Norte me ha dejado con un sabor muy agrio en la boca. El sabor de las victorias pírricas. Porque si bien es cierto que a finales de los noventa pudo parecer que un incipiente movimiento por una globalización más justa se estaba gestando la verdad es que, una década después, todo atisbo de resistencia al poder omnímodo de las multinacionales no es más que una quimera. O una broma de mal gusto. Después de parapetarse tras códigos voluntarios de conducta, de acusar a los anti-globalización de proteccionistas o “demodés”, los grandes conglomerados empresariales recibieron la renovación de su patente de corso de aquellos que, en nombre de la “jihad”, dicen luchar contra todo el mal exportado por Occidente. Que nadie se llame a engaño, no estoy jugando a la teoría de la conspiración ni nada por el estilo. Pero me parece una realidad bastante objetiva que la herida cuasi mortal de la resistencia a la globalización desbocada se produjo tras el pánico y el miedo en las sociedades occidentales tras el 11-S.
Supongo que tiene su lógica, dado que los mayores altavoces de la resistencia global provenían del mal llamado Primer Mundo. Justo aquellos países en los cuales los gobiernos de todo color emprendieron un recorte de libertades civiles usando el miedo al terrorismo islámico como excusa. De hecho, si bien no estoy totalmente seguro de cuál, creo recordar cómo alguno de los ministros del segundo gobierno Aznar comparaba de forma muy sutil a los antiglobalización y al terrorismo jihadista basándose en el objetivo mutuo de dañar la forma de vida occidental (sic).
En resumidas cuentas, me alegro de haber podido sumergirme en este “call to arms”, pero el regusto es ciertamente agrio.
Quizá es que me hago viejo. O quizá me duele cada día más la contradicción de considerar injusto el trabajo en condiciones infrahumanas y mi pasión por el calzado deportivo de marca. Aunque lo que peor llevo es ver cómo gente que siempre me había intentado dar lecciones de resistencia global ahora justifica sin ningún pudor el derecho al trabajo infantil o las jornadas de más de 12 horas en las fabriquetas.
Quizás debiera dejar de leer libros supuestamente serios y pasarme al Lecturas.
Pero, quizás, al hacer esto último estaría volando el último de mis diques: el no olvidar aquella máxima de ser de izquierdas mientras quede una sola injusticia.
Aunque, sinceramente, es muy posible que ese dique en vez de esperar a ser volado ya se me haya ido cayendo a trocitos con las pequeñas renuncias cotidianas.
Quizás haya que esperar a que otros inventen su revolución y nos la impongan a la fuerza.